Décima Entrega
Como decía, 1969 fue un año muy auspicioso y lleno de novedades. En cuanto a la música, ya que de eso se trata, todo iba a tornarse más nutrido y estimulante. Comenzar la escuela secundaria fue, además de constituir un pasaje a la adolescencia, la posibilidad de conocer a amigos que serían perdurables en el tiempo y a vivir, de continuo, absorbiendo lo que cada uno traía de novedoso. Todos tenemos un anecdotario del secundario que, casi, es humorístico sólo para los protagonistas, de modo que evitaré ciertos relatos que demandarían muchos circunloquios y muchas explicaciones para ser entendidos. Me remitiré a la cuestión musical.
Varios de mis compañeros tocaban la guitarra. A las niñas les correspondía el piano. Esta distinción por género era muy común en lo sesenta y algunos de nosotros, con el tiempo, echábamos de menos que nuestros padres no nos hubiesen obligado a tocar el piano. De modo que en toda reunión, los que rasgueabal “algo”, comparecían con la guitarra. Inmediatamente, como suele suceder con los adolescentes, nos agrupamos de acuerdo a nuestras afinidades. La música, ese puente de amistad y complicidad, ofició de salvoconducto. Pude aportar algunos de mis discos beatles y algunas revistas (Pinap o Cronopios), y Daniel Oliva aportó las melodías de varias zambas, algunos acordes y un modo de cantar. Por su parte, hubo quienes, como Víctor Sacarpelli que aportó algunos discos y una extrema curiosidad por lo que ocurría en la música pop. Con Oliva y Scarpelli nos declaramos fanáticos de Almendra luego de escasas escuchas del primer disco de este grupo. Había algo beatle en él, su poesía era extraña pero, a la vez, comunicativa, y emanaba cierta extrañeza surrealista que cautivaba. La voz del flaco Spinetta colaboraba para que se cumpliese la magia.
Al principio me mostré reticente de mi pasado musical (jaaa), es decir no quería confesar, para que no me obligaran a emprenderla con las canciones, de los inicios con Roberto en el dúo Los militares… Pero, poco a poco, nuestros intercambios eran más profusos y el tiempo que permanecíamos juntos disfrutando de paseos y de música era mayor. Consumíamos Creedence, algo de Johnny Rivers que supe escamotear de un amigo del barrio, Los Gatos, que iban desprendiéndose de las cancioncitas adolescentes para tocar más rockanrroleramente, Almendra, como se dijo, y, como sombras onmipresentes, estaban Los Beatles. Siempre Los beatles, que, en ese año lanzaban Abbey Road. Recuerdo la sensación que a Víctor y a mí nos provocaba esa obra. Fueron muchas tardes escuchando las canciones y tratando de encontrarle las claves, las inflexiones, los arreglos, y disfrutando de tamañan novedad. Para Scarpelli, “Un día en la vida” se había convertido en un himno, y lo ponía cada vez que nos sentábamos frente al tocadisco. Tenía razón. Esa melodía suave, que luego se torna áspera, con esos arreglos de cuerdas y ese piano flotando en la lejanía… Pasábamos de “Un día en la vida” a “Para esos hombres tristes”, de Almendra, porque se nos ocurría que eran como las caras de una misma moneda. Siempre encontramos una relación entre estos dos temas que, armónicamente, no se parecen. Sin embargo, había algo espiritual que los unía.
Todo 1969 fue de descubrimientos. Había reuniones, salidas, había que estudiar copiosamente, había que cumplir con obligaciones, había que demostrar que se sabía jugar al fútbol, pero había, también, un mundo musical para descrubir y conquistar. Oliva contribuyó, siempre un poco adelantado, con algunos discos muy interesantes. Oliva no revelaba las fuentes, pero los discos estaban allí, a disposición, en su casa, siempre abierta a todos y siempre ponderable en su generosidad. Ignoro de dónde obtuvo un disco de un grupo extravagante que iba a significar mucho para nosotros: Jethro Tull. En principio, quedamos atrapados por la imagen del que se suponía líder del grupo, una suerte de mendigo joven, vestido con un sobretodo y ojos de demente, y ¡que tocaba la flauta traversa! Claro, esta música poco tenía que ver con la Creedenceo con la de Johnny Rivers. Era simplemente rara, estrafalaria, y mágica. La voz de Anderson, el mendigo que se hacía fotografiar como una garza, con la pierna plegada, parecía venida de un sueño, el baterista era demoledor y el bajista hacía líneas claramente audibles que parecían realizar un contracanto. Oliva reía como un loco cuando sonaba La canción de Jeffrey. Primero, la flauta traversa, luego un ritornello hecho con una armónica blusera y, por último, la voz que parecía provenir de un túnel. A pesar de los deficientes tocadiscos de la época, la música de Jethro Tull y la de Los Beatles en Abbey Road planteaban un horizonte muy distinto. La batería podía ser protagonista, el bajo podía cantarm las voces podían no ser siempre iguales, y las melodías, benditas melodías, podían ser cradas en base a progresiones inusitadas. El esquema de: intrucción, dearrollo, estribillo, continuidad, estribillo y fin, quedaba, al parecer, abolido. Por otra parte, los temas musicales ¡no duraban tres minutos! Duraban lo que el compositor quisiera.
En agosto de 1969, Víctor Scarpelli hizo dos aportes trascendentes: un disco y una noticia. El disco: un vinilo de Jimi Hendrix, que aún estaba vivo, por cierto. Se trataba de una serie de grabaciones de hendriz con Curtis Knight, de la época en que el guitarrista aún no había abrazado la psicodelia. La noticia era que, según había escuchado en la radio, en algún sitio de EEUU se había realizado un festival multitudinario, que supo reunir a medio millón de personas, y que en ese monumental evento habían tocado algunos de los músicos que comenzaban a formar parte de nuestras discotecas y preferencias. Se trataba del Festival de Woodstock. En televisión -en un programa auspiciado por RCA, llamado Sótano Beat- pudimos ver a Almendra cantando Muchacha ojos de papel, a Litto Nebbia, ahora solista,cantando Rosmary, y a los Cons Combo, modulando en un idioma extraño, entre porteño y nórdico.
La musica nos brindo siempre satifaccion y ganas de seguir escuchando ( y seguimos )
este camino tambien nos llevo a una amistad de cofrades ( casi una logia que perdura )
porque hoy seguimos tanto oliva como ponce como los demas que iran apareciendo descubriendo musica y musicos que compartimos y disfrutamos juntos,que buena eleccion fue tomar ese camino hace mas de 30 años